Un catálogo que vivía en fotos de WhatsApp
La tienda tenía producto, local y clientes, pero el catálogo eran fotos sueltas que había que reenviar una por una. Cada consulta de precio o de existencia obligaba a alguien a ir al estante a mirar. Y la venta del mostrador se anotaba aparte de la venta por mensaje, así que el inventario real solo se sabía contando.
A eso se sumaba la parte fiscal: los comprobantes se llevaban a mano, con el riesgo de saltar o repetir un número de secuencia.